Tuesday, March 13, 2012

El aire en Nueva York



La primera vez que me desdoblé fue un domingo como a las tres de la tarde. Recuerdo que acababa de salir del tren y estaba parado en la plataforma de la estación, en Roosevelt Avenue, esperando a que la multitud se aclare para poder bajar las escaleras y salir a la calle; no tenía ganas de caminar rápido ni de que la gente me rozara. La noche anterior no había podido dormir, y después de dar miles de vueltas en la cama decidí salir. Como suele sucederme, perdí la noción del tiempo y cuando me di cuenta ya era demasiado tarde parar regresar a casa.
            Al salir del vagón un par de policías me pararon y exigieron ver mis documentos. Aunque esta era la primera vez que algo así me sucedía estaba preparado. Había practicado mi respuesta miles de veces: -soy residente y mi “Greencard” está en casa porque no quiero que se me pierda; lo único que tengo conmigo es mi tarjeta del seguro social, si desean se las enseño-. Mi tarjeta era falsa pero parecía verdadera. La compré a pocas cuadras de allí y los números fueron escogidos por mí. Gracias a la recomendación de mi amigo Carlos Cruzado, que me dio la dirección (era en una esquina, en plena calle, y no en la oficina clandestina infestada de cucarachas y piojos que me imaginaba), ya estaba preparado. Escogí números con algún significado para mí, que me traigan suerte, que me envuelvan, que me recuerden que soy un ser humano y no un delincuente farsante como muchas veces me he sentido aquí. Me pareció muy digno del engendro que me la vendió el darme la opción de usarlos. Los números en mi tarjeta eran los siguientes: tres, la cantidad de hermanos que tengo; setenta y cinco, el año en que nací; veinte, la edad que tenía entonces; diez y nueve, la edad de mi hermano menor; y ochenta y cuatro, la edad de mi abuelo.
 Los policías que me detuvieron parecían amaestrados para creerse más valiosos que el hombre común. Esta actitud amenazadora la veía a menudo, especialmente en esta zona. Uno pidió mis documentos y cuando le iba a entregar mi tarjeta prácticamente la arranco de mi mano. Me pareció que la miraba con desprecio, que la husmeaba y revisaba con asco. Se la enseñó a su compañero como quien descubre una presa para devorar y éste le dijo que parecía una copia, una falsificación barata (que no lo era, puesto que gasté el salario completo de una semana en comprarla)  y allí, justo en ese momento, descubrí por primera vez que podía dividirme en dos: un ser material que quedó al lado de los policías rezando por no ser descubierto, y el otro, un ser gaseoso que escapó de mi cuerpo y, confundido en el aire, se puso sobre mí y sobre ellos para a observar todo lo que hacíamos.
Desde arriba pude ver toda la maravillosa confusión de barrotes que vienen y van, que se entrecruzan, que de alguna manera se ponen de acuerdo para funcionar aunque confunden y asustan al pasajero virgen. Suspendido sobre la plataforma, me vi y vi a los policías. En el centro, los carriles del tren parecían dos enormes sonrisas de adolescentes con frenillos que estaban a punto de besarse, por los cuales, cada diez minutos, pasaban los trenes como gigantescas lenguas o peor aún, como monstruosas serpientes de metal. Pude ver las diferentes salidas, entradas, escaleras, ventanas y un laberinto infinito de gente, entre las cuales estaba yo.  Hasta ahora no entiendo por qué esos policías me pararon solamente a mí si de arriba yo vi salir del tren cientos de inmigrantes, en su gran mayoría, estoy seguro, ilegales como yo.
Era fácil distraerme de la vergonzosa escena que mi cuerpo vivía, aunque  mi cuerpo gaseoso, sin sentir nada, flotaba sereno en el aire. Desde arriba, me ve llenándome de nervios, aguantándome las ganas de temblar, gritar y correr a refugiarme en la habitación que ahora llamaba casa. Juré que jamás saldría por esa estación otra vez, que me compraría ropa nueva para no parecer recién llegado; que no llamaría más a mis amigos que hablan español; sí, vestirme mejor, americanizarme.
-¿Dónde trabajas?- pregunto uno de ellos.
- En un restaurante en Manhattan. Si quieren pueden llamar al gerente, o les
 puedo decir los especiales de ayer. ¿Hay algún problema?-les dije nervioso.
No me contestaron, pero dijeron que me podía ir. ¿Me creyeron? A lo mejor no son los monstruos que yo imaginé y, como no he dormido, malinterpreté sus expresiones y preguntas. No, no puede ser, la autoridad no tiene corazón; a lo mejor se hicieron de la vista gorda y me dejaron ir después de lograr su cometido; humillarme, asustarme y volverme más paranoico. Les di las gracias, aunque lo que verdaderamente quería hacer era gritarles, insultarlos, morderlos, hacerles preguntas personales, humillarlos y empujarlos a los rieles del tren, a esas enormes sonrisas con frenillos y esperar a que una de esas enormes lenguas o peor aún, serpientes de metal, se los trague, los destruya y que sus uniformes, preguntas y cuerpos caigan en pedazos al pavimento para  que las ratas y las palomas se comieran sus restos; pero no lo hice. Caminé hacia la salida de la estación, en la esquina de la calle setenta y cuatro con la avenida Roosevelt y apenas pisé la acera, al sentir mis piernas que temblaban y mis ojos que se aguantaban el llanto, regresé a mi cuerpo. 
Estuve el resto del día en casa, bueno, en la habitación que llamaba casa por terquedad, por no perder la costumbre.  Tenía una rabia que se quería comer mis vísceras y desesperado por tranquilizarme tomé un trago. Más calmado empecé a recordar todo lo ocurrido. Me contentó el no haber sido descubierto y estaba fascinado con el descubrimiento de la capacidad de desdoblarme; pasé el día entero pensando en las ventajas que traería a mi vida.
Lo que pasó ese día, como sé que nadie me lo va a creer, no se lo he contado a nadie, ni siquiera a Carlos. El estar en el cielo me llenó de vigor, me sentí como un dios. Incluso, la última vez que me desdoblé, busqué por los cielos  alguna señal de la existencia de éstos. Me hubiese gustado encontrar a un Mercurio, a algún ángel, arcángel,  o por lo menos un demonio, lo que sea, pero que como yo, vuele por los aires. Para mi desilusión no encontré nada ni a nadie. Tal vez estén allí y no los pueda porque son gaseosos y transparentes; quien sabe, lo que sí sé es que los únicos seres que veo volar a mi lado son palomas, y muy debes en cuando, cuando estoy más cerca a la tierra, las moscas que, sobre todo en el verano, son enormes debido a tanta basura que hay en esta gran manzana podrida; las detesto. Además me asustan; creo que ellas sí me pueden ver.

La segunda vez que  me desdoble fue en la discoteca. Carlos, que estaba drogado (nunca olvidare que cuando lo conocí le ofrecí un cigarro y él, indignado, respondió que no fumaba ni bebía, que eso era malo para la salud, que le daba asco y que sólo hacía éxtasis, cocaína y anfetaminas), me dijo que tuvo una experiencia increíble: su espíritu salió de su cuerpo y viajó por toda la discoteca. Yo, por supuesto, le dije que eso era imposible, no quería alimentar su insensatez ya que sabía que él estaba drogado y quería bajarlo de esa nube tóxica de nuevo a la tierra. Insistió y me dijo, inclusive, que su espíritu  había ido al bañó y que me vio allí, pero que justo en el momento en que se acercó al urinario recordó que su cuerpo aún estaba acostado en el piso con los brazos cruzados en la pista de baile, así que regresó a el. Su historia era casi convincente (yo había estado en el baño) pero debido a su estado, muy difícil de creer.
Por un momento pensé en contarle también lo que me había sucedido en la estación de trenes con los policías, ya que su historia era muy parecida a la mía, pero la diferencia era que yo no estaba drogado. Decidí no contarle nada y más bien concentrarme para ver si lograba separarme de mi cuerpo otra vez. Pero nada pasó. A diferencia de los dioses griegos, que cuando querían volaban por los aires y se transportaban a otros sitios; o los espíritus celestes que pululan los cielos, yo no tenía, aún, libre albedrío sobre mis extraños poderes. Con un intenso dolor de cabeza, aburrido de tratar y decepcionado por mi incapacidad, decidí irme a tomar un trago. Me dirigí hacia el bar y me senté en un banco junto a Carlos que aún estaba  recuperándose de su viaje alucinógeno. Allí conocí a Walter.
El bar de la discoteca estaba frente a la entrada principal, cuya puerta que tenía un dispositivo que, cada vez que alguien entraba, sonaba como anunciando la llegada de cientos de carros de policía. Era una de esas cosas ridículas que hacen a la gente reír, sorprenderse o asustarse para que así tomen o se droguen más. Por lo general la gente entraba en grupos de dos, tres, o cuatro; hombres y mujeres, la mayoría cansados y borrachos, pero aun con deseos de bailar y divertirse aunque eso les cueste perderse la salida del sol, el desayuno o el trabajo. Quería irme a casa, pero desde que empecé a trabajar el horario de las noches en el restaurante estaba sufriendo de insomnio, por eso quería embriagarme, para poder dormir; además tenía que esperar a que Carlos se recuperara.  Fue allí, como a las cinco de la mañana, cuando mi amigo recobraba el conocimiento y yo lo empezaba a perder, que Walter entró. El cansancio y la embriaguez fueron factores determinantes en mi decisión de aceptar su ayuda. Me sentí atraído a él desde el momento en que apareció, justo después de que ese maldito ruido de la puerta me hiciera recordar una vez más mi encuentro con los policías y mi condición de ilegal.
La manera en que observé la entrada de Walter fue tan obvia que mi amigo, ya despierto, preguntó si me gustaba la camisa blanca del muchacho que acababa de entrar; él creyó que esa fue la razón por la que yo lo miraba tanto. A mí siempre me había gustado bromear sobre el tema, así que a Carlos no le pareció nada raro el que le diga que ese muchacho estaba guapo y que por eso lo miraba. Carlos respondió con una carcajada que casi me devuelve la sobriedad, y para no llegar a ella, pedí dos tragos más, uno para mí y otro para Carlos.
            El muchacho de la camisa blanca se sentó al lado de nosotros, pidió un trago y conversó con el barman. Cuando llegó otro cliente el barman se excusó y dejó al muchacho solo. Éste sonrió y, al percibir mi mirada, se acercó hacia mí y me habló. Me dijo su nombre y que estaba, no encantado, sino, encantadísimo de conocerme; que desde que me vio había estado pensando en la manera de cómo acercarse a mí; que hace cuánto llegué a la discoteca; que qué es lo que estaba tomando y si podía respirar con tanta gente fumando alrededor; que dónde vivía, si tomaría el tren de regreso a casa o manejaba; que quería ofrecerme un trago, algo que me caería muy bien; que trabajaba en un hospital y que esta era su última parada. Entre risitas de niño travieso y cuchicheos burlones Carlos me dijo: “lo más seguro es que ese Walter te quiere levantar”, a lo que yo le dije entre risas: “por favor, pase lo que pase, no me dejes ir con Walter. Si me lo pide, no podré decir que no”. La frente de Carlos se frunció y su cara se llenó de alarma por un instante, pero al ver que yo no paraba de reírme pensó que bromeaba y se hizo un mar de carcajadas que asustaron al barman y a Walter. Pero yo no estaba bromeando, me sentía atraído por él. Recuerdo que me temblaban las manos y fumaba como nunca lo había hecho cigarro tras cigarro. Su presencia me incomodaba pero me cautivaba y, aunque traté de fingir normalidad, Walter se dio cuenta. Carlos decidió regresar a la pista de baile, pero antes de irse, dijo que santificaba mi matri-sidio y se fue otra vez muerto de risa. El maldito de Carlos se fue y me dejó solo, así que no tuve otro remedio que seguir mis instintos; me fui con Walter.
La caminada hacia mi departamento fue larguísima. Estaba cansado, pero lo que estaba sintiendo me mantenía despierto. Tenía un temblor en el pecho. Era como tener un enano adentro con un martillo dándome golpes en la carne y en los huesos, en todo el tórax. Mis manos y mis pies se enfriaron aunque, a medida que nos acercábamos a mi apartamento, sentí un ardor en el estomago. Parecía que el maldito enano, ahora con una antorcha, me calcinaba el cuerpo de la cintura para abajo, entre las ingles, donde me quemó con más fuerzas. Justo entonces le dije a Walter que yo no soy gay. Él puso su mano sobre mi hombro (era la primera vez que me tocaba), acerco su cara y puso su boca tan cerca a la mía  que pensé que me iba a besar; pero no lo hizo, sólo me dijo que él tampoco lo era. En aquel instante, cuando con más intensidad sentí que mi enano vivía, me desdoblé otra vez. Mi cuerpo gaseoso se puso sobre mí y Walter como una chaperona alcahueta. Walter empezó a darme un listado de todas las novias que había tenido y todas, daba la casualidad, se parecían de alguna manera a mí. Una tenía el cabello y los ojos como los míos, pero de mujer; otra tenía mi acento y hablaba como yo, pero con voz de mujer; otra lo escuchaba con atención, como lo hacía yo; y con otra había recorrido estas mismas calles que pronto nos llevarían a mi departamento. Esa vez decidí analizar bien cuáles eran los factores que iniciaban el desdoble; quería a dominar esta habilidad. Pensé en todo lo que sucedió antes y después y me di cuenta que ocurría cada vez que experimentaba stress, terror o miedo. Cuando eso sucede, de alguna manera, escapo de mí para protegerme contra lo desconocido. Es algo inmediato e innato, como cuando a uno se le paran los pelos de la nuca o cuando se nos pone la piel de gallina. Esta vez fue el terror que sentí al darme cuenta que lo quería besar lo que propulsó el desdoble. Ya en mi departamento, desde arriba, nos vi sentados sobre la cama a Walter y a mí, conversando, como si ninguno de nos dos supiese lo que verdaderamente iba a pasar. Suspendido, vi telarañas en el techo (no se me puede culpar de desaseado, pues estos apartamentos son demasiado altos y las telarañas estaban justamente en las partes más difíciles de alcanzar) También, por primera vez, me di cuenta que Walter estaba quedándose calvo; tenía un hoyito en la cabeza, como los curas. Además, vi después de mucho tiempo un álbum de fotos que  pensé haber perdido; estaba arriba del repostero, junto a esa pobre planta que nunca regué. Como recién había conocido a Walter, y no podía estar seguro de su conducta,  también, por si acaso, mantuve un ojo en mis llaves y mi billetera.
Walter se quedó a dormir esa noche. Al despertarse comenzó a hacerme miles de preguntas personales: que si recordaba lo que hice la noche anterior, que si tengo seguro médico, que si lo que sucedió ayer ya me había sucedido, que cuantos dedos puedo ver, en fin, una serie de preguntas irrelevantes e inapropiadas para alguien con quien se acaba de pasar la noche. Me preguntó también si yo acostumbraba a salir siempre solo, lo que me impresionó, puesto que Carlos estaba sentado en el bar conmigo cuando él me conoció. Walter me dijo que no recordaba haberme visto con nadie esa noche, que cuando me conoció yo estaba solo. Me pareció la estupidez más grande. Desde ese momento empecé a desconfiar de Walter. Continuó haciendo preguntas y quería que le enseñara pruebas de que Carlos existe haber si se podía recordar. Yo le hubiera podido enseñar el álbum de fotos pero no lo hice.
Decidí que todo lo que pasó esa noche fue un error. Quizás nunca, pensé, debí haber salido con ese tipo del cual ni siquiera conocía su apellido (si mi mamá se enterara se moriría, aunque Walter me enseño un carné); y debería parar de desdoblarme, prestar más atención a lo que hago y olvidarme de mariconerías. Como nunca deseé que Carlos se aparezca, o aunque sea que me llamara para así poder inventar un pretexto y deshacerme de Walter. En ese momento el teléfono empezó a sonar; Carlos nunca me falla.
Después de ese día mis desdobles se hicieron más frecuentes y ya no seguían un patrón especifico. En cualquier espacio y cualquier evento ahora se podía iniciar el fenómeno: en el mercado, en el banco, en el trabajo, en fiestas. Esto me obligó a cuestionar mi estado mental. Al analizar las cosas de una manera objetiva comprendí que mi situación no era normal. Recordé a mi prima Teresa, la loca. Veía hombres que la querían atacar, mujeres que la criticaban, hasta amistades que la hacían reír desenfrenadamente. Sus visiones se debían, según mi papá, a algún trauma sufrido en su niñez que la condenó a un permanente estado de paranoia y locura.  Pero, ¿Y si de verdad que existían esos seres de los que ella hablaba? ¿Y si todos los estudios sobre trastornos mentales y sus consecuencias estuviesen mal fundados y en realidad ella tenía la capacidad de ver y oír personajes para el hombre común imperceptibles? Un día en que acompañé a mis papás a visitar a mis tíos – obligatoria y casi forzada visita mensual a aquella  deprimente casa-, mi prima, que por lo general se escondía debajo de la mesa sujetando fuertemente su Biblia, al verme me dijo que tenía algo que enseñarme; luego me agarró de la mano fuertemente y me llevó al baño donde me enseño unas manchas en la pared. Al verlas quedé asqueado, esto confirmaba que el olor que sentí al entrar se debía, como decía mi mamá, a lo cochinos que eran. Mi prima sonreía extasiada de contenta porque finalmente iba a poder compartir su miseria conmigo. Al notar sus labios secos, sus dientes amarillos, su cabello desordenado y demasiado canoso para su edad, y su vestido que ya alguien había percudido miles de veces antes de regalárselo a “la loquita”, me dieron ganas de vomitar.
- Mírala
-¿Mira qué?
-Esa mancha, ¿la reconoces?
Yo miré hacia la pared pero no entendí lo que  me quería decir. Sólo reconocí que eran unas manchas de caca. Luego, ella las tocó, se arrodilló, hizo la señal de la cruz en su pecho y me dijo:
            -Es Virgen María. Me visita porque yo también soy virgen.
            -Teresa, ¿se lo has dicho a alguien?
-No, ¿crees estoy loca? me meterían al manicomio. No se lo he dicho ni al cura. Sólo te lo he enseñado a ti porque pensé que entenderías…no se lo cuentes a nadie.
Ya no aguantaba el mal olor, salí corriendo; y ella se quedó allí, de rodillas, rezándole a su virgen, a su asquerosa mancha de caca.

-El infierno no me gusta, me da miedo- me dijo Carlos un día. Me contó que estaba en su habitación preparándose para salir a bailar, cuando de repente todo a su alrededor empezó a transformarse. Me dijo que acababa de lavar los trastes y el trapo que colgó después de secarlos se transformo en una rata negra que ahora colgaba ahorcada en la pared; que en los frascos donde guardaba sus galletas ahora habían dedos y orejas cercenadas; que el piso donde estaba parado empezó a crujir y rajarse, y la meza en que acababa de comer estaba llena de  su   sangre. “Sentí un calor infernal- me dijo- de la estufa salía una llama que no podía contener. Después fui corriendo al baño y  me metí en la ducha con la ropa puesta, abrí la cañería y el agua al tocar mí cuerpo me rasgaba la piel. Me estaba achicharrando. Cuando  me vi en el espejo vi mi cara quemada. Pensé que estaba muerto y me senté en la tina a esperar por mi próximo castigo”.
Carlos a veces me da miedo. Ya le he dicho que deje de hacer drogas pero no entiende. Una tarde quedamos en ver una exposición sobre William Blake y cuando lo llamé para planear nuestro encuentro me dijo:
            -¿Sabes qué?, no creo que pueda ir al museo hoy.
-¿Por qué?-le dije
- He tomado unas pastillas que encontré en el baño y me siento un poco mal.
-¿Qué pastillas?
-No sé, no me fije en el nombre.
-¿Cuántas tomaste? –le pregunte.
- Todo el frasco. Creo que vas a tener que llamarme una ambulancia
Cuando llegué a su departamento los paramédicos lo estaban acomodando a la camilla, el alcanzó a verme y me dijo: “que pena…estaba loco por ver los dibujos de Blake.
            Carlos es esa clase de amigos que con el tiempo y la costumbre se convierten en familia y, aunque comete mil errores y estupideces, no se le puede abandonar. Es muy tímido, y creo que soy el único amigo que tiene. No sé mucho de su pasado, parece que su vida hubiera empezado cuando llegó a los Estados Unidos. Cruzó la frontera escondido en el asiento de un carro al que habían sacado el relleno para así poder meter a dos personas, como si fuesen cojines, cubiertos completamente de cuero. Esa vez también sintió un calor infernal. El sol, el cuero, los nervios y las siete horas que tuvo que estar en cuclillas, con la cabeza entre las piernas, respirando su propia respiración reciclada, casi lo matan. En el momento en que el conductor-coyote creyó que ya era  apropiado parar el carro y sacar a los cinco que llevaba (otro hombre-asiento en el frente y dos más en la maletera) lo hizo. Carlos dice que cuando el conductor/coyote abrió el cierre del asiento que lo mantenía prisionero, fue como volver a nacer.

Parece mentira que todo lo que aquí he contado me esté pasando a mí. Aún estoy tratando de entender la presencia de todos los seres que habitan mi mundo. Walter no regresó a verme por mucho tiempo, aunque la última vez que lo vi prometió que lo haría cuando me decidiera a contarle la verdad. Le dije que podría probarle que Carlos existe una vez que encuentre el álbum de fotos y él me dijo: “Sólo eso te ayudará a recordar. La aceptación es el primer paso a la recuperación. Confía en mí, tal vez pronto pueda cambiarte de habitación y hasta de edificio”. No sé de qué verdad me habla, yo se la diría pero no recuerdo.
Conocí a una chica, se llama Tania y viene todos los días a conversar conmigo. Siempre me trae algo de comer. Me da vergüenza estar pendiente a lo que trae aunque me dijeron que eso lo hacía con todos los muchachos del edifico. Tania era enfermera en su país y  tuvo que dejar a su hijo con los abuelos para poder venir a trabajar. Su esposo la abandonó. Debe ser terrible quedarse sin ayuda para la crianza de un bebé; más terrible aún debe haber sido tener que dejar a su hijo. Tal vez por eso toma un papel tan maternal con todos los muchachos que conoce. Me prestó un libro de medicina porque yo quería aprender más sobre la esquizofrenia, pero ella recomendó que buscara adicciones, desordenes mentales y delirio ya que eso, dijo, me ayudaría a entender mi situación y la presencia de Carlos en mi vida. Le conté sobre mis problemas para dormir y me dio unas pastillas, pero desde que empecé a tomarlas no he vuelto a desdoblarme. Carlos me ha dicho que no las tome, que eso de tomar pastillas puede volver a uno loco. Es divertido escucharlo hablar así. 
Vi a Walter otra vez pero ya no siento lo mismo de antes por él. Aún insiste en hacerme preguntas entupidas, sobre mí, sobre mi familia y sobre mis amigos. Tania ya me advirtió que no le diga nada de mi vida si quiero que me deje en paz y que, sobre todo,  no le hable de mi amigo Carlos. No sé porque no me deja tranquilo. Walter ahora se aparece en mi apartamento cuando se le da la gana, dice que teme que yo tenga una crisis. No recuerdo cuando le di mis llaves, ni el permiso para usarlas. Uno de estos días me voy a mudar. Tal vez pueda mudarme con Carlos por un tiempo,  aunque si él sigue haciendo drogas no podré vivir con él. Lo que más me desespera de Walter es que no contesta a ninguna de mis preguntas, parece que me estudia, que me juzga, que soy su experimento. Hoy le pregunte porque siempre usa la misma camisa blanca, pero no me respondió.         
La última vez que vino me empezó a gritar porque rehusé enseñarle mi álbum de fotos. No sabía que yo ya había sacado las fotos que él tanto quería ver, que las tenía siempre en mi bolsillo. No quería verlas todavía. Sabía que me ayudarían a entender. Cuando entró dejó la puerta abierta, y aprovechando que estaba distraído, rebuscando mis cajones, me dirigí lentamente hacia la salida y, al cruzar la puerta, apresuré el paso. No había nadie en los pasillos. En ese vacío su voz adquiría un tono ilusorio, casi macabro; seguía vociferando que no entendía porque yo era así, que él estaba haciendo hasta lo imposible por ayudarme, que si cooperaba cambiaria mi medicación. No sabía que yo ya estaba en el pasillo camino al ascensor, aunque se hubiese dado cuenta no hubiese podido alcanzarme. Tomé las escaleras, el elevador se demoraba demasiado y aun podía escuchar sus gritos que ahora eran como aullidos. Sus palabras cobraron vida y corrían más rápido que él, parecía que me iban a alcanzar y que me iban a arrancar el pellejo; pero mientras más me alejaba su voz se calmaba y desaparecía, así que seguí bajando los escalones. Llegó un momento en que ya lo escuchaba menos, casi nada; estaría en el segundo piso cuando empecé a jugar con la idea de que, así como su voz, Walter estaba desapareciendo. Cuando me encontré en la calle confundido, solo, pero libre, me alivió la idea de pensar que Walter jamás existió.
La libertad también me ha devuelto mis poderes. He empezado a desdoblarme otra vez, sobre todo cuando hace frió. Durante el día me siento en el parque a descansar en cualquier banca para ver a la gente pasar. Aún no he visto las fotos, pero me pregunto porque las habría escondido por tanto tiempo. Me desespera la idea de hacer cosas y no recordar cuándo ni cómo las hice. No sé qué día es hoy, pero hoy no voy a verlas; lo último que necesito es ver algo real. Quiero regresar a casa, pero eso significaría enfrentarme a Walter y contestar sus preguntas, conversar con Tania y tomar las pastillas y peor aún, perder mi habilidad de desdoblarme. Pero hace frió y tengo hambre. Si ésta es la prueba que quiere Walter se la voy a dar, le enseñaré las fotos de Carlos. Hace mucho que no veo a Carlos. Alguien en el parque dijo que habían redadas en New Yersey, que la policía entraba a las fábricas,  a restaurantes, y pedían a los trabajadores, sólo a los que parecían inmigrantes, documentos; en una redada se habían llevado como treinta personas. Carlos no tiene papeles, debe haberse mudado a otra ciudad. En estas fotos se le ve tan joven, tan distante. El pobre nunca fue fotogénico, pero no importa, cualquiera de éstas servirá para que me deje tranquilo Walter, para que de una vez se convenza de que Carlos existe. También encontré fotos de un entierro. Alguien murió. No puede haber sido Carlos ¿Qué edad tenía yo cuándo fui a ese velorio?, ¿qué edad tengo ahora?, ¿qué edad tiene Carlos? No puedo enseñarle estas fotos a Walter, esto comprobaría que miento o que estoy perdiendo la razón. Esta foto, ese velorio, me hicieron recordar las obligatorias preguntas necias y los innecesarios comentarios estúpidos que corrieron ese día: ¿alguna vez saliste con él?, tenía la sonrisa más bella del mundo, no se supo nada hasta que apareció en el hospital, pensábamos que había regresado a su país; ¿Cuándo cumples veinte años?, deja esta vida, no dejes a tú madre huérfana.

Después de haber estado confundido por algún tiempo recobré la razón, Carlos me ayudo en el proceso. Lo encontré en el parque y me dijo que estuvo buscándome por meses, que se estaba escondiendo de la policía porque averiguaron su dirección y lo amenazaron con deportarlo. Ahora que todo ha vuelto a la normalidad, estoy convencido de que Walter nunca existió; no lo he vuelto a ver desde que salí de ese edificio. Esta ciudad cada vez se pone más sucia, y ni siquiera es verano. Las moscas, que parecen haberse multiplicado de la noche a la mañana, ahora vuelan exasperadamente a mí alrededor. Cuando su presencia se me hace insoportable me desdoblo. Ya acepte que mi desdoble no tiene lógica. Tal vez la lógica no existe. He estado saliendo de mi cuerpo cada vez más a menudo, antes lo hacía sólo en las noches, para no despertar sospecha, pero ya no me importa lo que diga la gente. A veces dejo mi cuerpo en plena calle, en las aceras, y lo veo, desde arriba, como lo que es, una carga, una carne pesada que ya no soporto. Algunas veces viajo a diferentes condados, a Nueva Yersey, al Bronx, a Brooklyn; mi cuerpo se queda, me estorba. Todo desde arriba se ve mejor; Manhattan desde arriba, de lejos, se ve hermosa.
            Lo que me da risa es que aún no pierdo la costumbre de entrar a la estación de trenes. El otro día estaba volando por Union Square y confundido entre la multitud que ingresaba a la estación también entré. Había muchísima gente, además de policías. Me puse nervioso. Claro que sólo bastó el recordar que no me pueden ver para calmar mi alteración. Una de las ventajas de ser invisible es el no tener que comprar un Metrocard, así que traspasé el torniquete. En ese momento hubo un intercambio de palabras entre un muchacho y los policías. Noté que el muchacho estaba eufórico; corría y gritaba, se burlaba de los hombres que lo iban persiguiendo. Después no sé lo que pasó. Un aire fuerte, que salía de los túneles, mezclado con el aire que entraba por las rendijas del subterráneo, por cualquier orificio, se convirtió en un viento fuerte, como un huracán, y me envolvió.  Aquel aire me jaló tan fuerte que sentí, por primera vez, que me desprendía de mi cuerpo, esta vez por completo. Era como si el cordón umbilical que me unía a mi cuerpo finalmente era cortado y yo nacía; era libre de vivir mi vida. Creo que empiezo a entender. Me pareció ridículo el quedarme dentro de la estación cuando volando podía llegar más rápido a mi destino, así que me fui, más liviano que nunca.
En los kioscos de periódicos todos los titulares dicen que un joven indocumentado se había suicidado tirándose a las vías del tren. La foto mostraba un muchacho delgado y sucio, el mismo muchacho que ayer la policía perseguía. Todos dicen suicidio, pero quien sabrá la verdad. Lo que sí es verdad es que los locos pululan las calles de Nueva York, que uno se cruza con ellos y los ignora por no querer ver reflejada nuestra propia fragilidad. ¿Qué los vuelve locos? Quién sabe. Tal vez sea este aire en Nueva York el que vuelve a uno loco, yo casi ya lo estoy, si no fuera por Carlos ya estaría como ese muchacho, solo, sin amigos. Voy a buscar a Carlos, tengo que contarle lo que pasó, quizás él también tiene algo interesante que contarme.




2 comments:

  1. Edgard nunca termina de sorprenderme. Si Nueva York es una ciudad putrefacta, él , a través de su prosa visceral y desde el umbral de una lúcida locura logra ser el ojo humano que cual gusano desde sus adentros la recorre y explora para luego erguirse sobre aquella transfigurado en mosca y mariposa.

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